Tambores de guerra

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Han pasado dos días y aún resuenan en Europa los tambores de guerra.

Esos desalmados que han teñido de sangre las calles de París, ¿de qué color veían el cielo? ¿Acaso no lo sentían tan azul como el mío? No logro entender esta guerra. Esta guerra de entendimientos, de convencimientos, esta guerra de fundamentalismos. También me duele creer en una Europa limpia de culpa.

Ayer tuve miedo de que unos inhumanos barbilampiños, kalashnikov en mano, irrumpieran en mi casa para matarme, hoy el miedo es por esas decenas de miles de personas que se apiñan en las fronteras del Paraíso, obligadas a huir del horror. Miedo por no entender que ellos también son víctimas del absurdo.

Tambores de guerra.

La mejor de las “armas” posible contra el fundamentalismo, contra cualquier tipo de fundamentalismo, es la EDUCACIÓN y la TOLERANCIA.

Resuenan tambores de guerra en Europa.

Yo siempre diré no a la guerra. No al terrorismo. No a la violencia. No al absurdo.

José Antonio Castro Cebrián

Artículo publicado originariamente en  LaJUnglaDElasLETras el 15 de Noviembre de 2015
 
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Tambores de guerra

La última moza de la vieja Europa

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La Constitución Española nació siendo una señorita remilgada y de punto fino, muy recatada ella, ¡nació la última moza de la vieja Europa! Entiendo que en aquellos futuros tiempos de entonces a la señorita no le gustara que le plegaran como remate ningún dobladillo en sus adentros, por el qué dirán y sobre todo por el qué pasará. Pero hoy, a día treinta de abril de dos mil quince, la Constitución Española ya no es ni solterona ni señorita, ni virgen por narices, ni recatada ni remilgada. La vida pasa, la historia también, de la noche a la mañana todo lo que parece ser inexpugnable o inamovible, resulta ser de lo más putón y falso y no necesariamente malo. Este fin de semana escuché en boca de un político de izquierdas algo muy de derechas, dijo que para reformar ¡de verdad! la Constitución, debía desaparecer del gobierno todo rastro de la oligarquía política y cacique que impera en este país trasnochado. Cuando le preguntaron cómo haría él eso, el contestó que a golpe de decreto. Me resultó muy curioso la manera con la que el susodicho político escapó de enfrentarse con honestidad a la honestidad, es decir, de decir algo que pensara de verdad… Políticos y política, ya saben…

Para mí que reformar la Constitución no puede ser tan complicado. ¿O sí? Señores, señoras, el pueblo la votó en mil novecientos setenta y ocho, la refrendó, se convirtió en el proxeneta sui generis de una razón histórica. Hoy puede, debe ocurrir lo mismo. En dos mil once, por ejemplo, se engordó la constitución en unas trescientas cincuenta palabras, creo recordar, (fueron buenas noticias para los juristas y profesionales de las leyes… poco material para memorizar… más o menos un folio del borrador de mi nuevo libro). Era, según los que promovieron e hicieron la ampliación, una reforma muy importante y necesaria en España para asegurar la estabilidad presupuestaria del país y ajustar los gastos e ingresos del Estado, amén de hacer de la responsabilidad de los futuros gobernantes una realidad solidaria y comprometida con sus gobernados, con la credibilidad presupuestaria que esto nos daría en Europa, y en el mundo (ahórrense los chistes facilones…) . Todo esto, imagino, estuvo y está muy bien, sin duda (mucha duda mucha duda), pero ¿qué hay de los ciudadanos? Hay mucho que reformar en la Constitución, cosas mucho más importantes que esa, a mi entender… hay que hacer una constitución, por ejemplo, para que de verdad gobierne el pueblo.

Ahora que ya no hay miedo ni puñetas, queridos alcahuetes, y ahora que ya no es virgen ni inmaculada nuestra querida Carta Magna, los políticos y los demagogos de la política deberían de dejar de tratarnos como estúpidos, a la Constitución ya le han salido varices, sufre de colesterol y tiene la tensión por las nubes: necesita que la traten con cariño y le operen con eficiencia y al estilo del INSS, con cita previa y con todos de la mano, sin nadie que nos azuce por cojones…

José Antonio Castro Cebrián 

Artículo publicado originariamente en  LaJUnglaDElasLETras el 30 de Abril de 2015
La última moza de la vieja Europa

Una de pepinos

pepinosEl tiempo pasa y pasa y no nos damos cuenta. Ya hace más de tres años de aquel brote letal de ‘E. Coli‘ en Alemania que alegremente se le achacó a los pepinos españoles. ¿Os acordáis?

El fin de semana pasado conocí a Manu, un almeriense que por aquel entonces regentaba una pequeña empresa de distribución de productos hortofrutícolas y al que le sobrevino la ruina al no cobrar cuatro camiones que mandó a Alemania repletos de pepinos; los importadores alegaron sencillamente que ya no querían la mercancía, y Manu ni la pudo colocar en otro mercado de Alemania o Centroeuropa, ni siquiera secundario, ni le salía a cuenta traerla de vuelta a España. Para él no hubo ningún tipo de compensación económica.

Cuando saltó la noticia y se supo que la enfermedad no provenía del pepino español, yo garanticé que nos lo meteríamos casi todos por la glándula pituitaria y aspiraríamos mala leche hasta que nos dejara de sangrar el orgullo, y que nos limitaríamos a pagar el berrinche en el muro del facebook y del twitter, despotricando contra los alemanes y la Alemania federal. A mí me daba que muchas familias estaban más que jodidas con esa salida de tono de la señora ministra de sanidad alemana de nombre tan poco castizo, y creía entonces, tal como creo ahora, que no era suficiente para los agricultores y los comerciantes españoles, ni las disculpas ni los apuros diplomáticos de nuestros ministros. Esperaba que los políticos de este santo país nuestro, España, rearmarían de una puñetera vez sus discursos y demostrarían que los cojones patrios estaban de vuelta y media, y pedirían, ¡exigirían!, una compensación económica para nuestros agricultores y exportadores por todo el mal fario que habían sembrado en los mercados europeos. Y que conste que sé de lo que hablo, durante más de diez años trabajé en una exportadora de pimientos, calabacines y alcachofas, y pude ver en más de una ocasión como nuestros queridos vecinos ricos, los franceses, aprovechaban cualquier rumor para saquear sin compasión a exportadores y como, en un alarde de simbiosis palaciega, estos mismos exportadores saqueados se convertían de pronto en míseros “Harpagones”, el avaro de Moliere, para sus productores, transportistas y trabajadores.

En fin.

Parece mentira, pero todavía, tres años después, con sus veranos, sus otoños, sus inviernos y sus primaveras, hay negocios, personas, familias, que aún sufren las consecuencias de aquella historia de pepinos, bacterias y disculpas insuficientes… o sino que se le pregunten a Manu.

José Antonio Castro Cebrián

Artículo publicado originariamente en  LaJUnglaDElasLETras el 4 de Diciembre de 2014
Una de pepinos

“Personajillo”, mirada al frente. (Y que cada cual le ponga el nombre y los apellidos que quiera.)

la-jung22Cuando nos quejamos de que hay tanto cateto de segunda dirigiendo España, y de que gran parte de nuestra clase política adolece de “funcionaritis” crónica, solemos olvidar que en un sobrio y austero despachito de una ciudad españolísima y europeísima, “ísima” del todo, se sienta, que no preside, uno de los más relevantes y sobrios políticos de nuestro (para él) endiablo y maquiavélico país, el omnipotente y mesiánico “Personajillo”.

El susodicho no sólo disfruta del talante necesario para ser un nuevo Don Quijote sin armadura ni Sancho Panza, si no que posee una gracia especial en sus quehaceres y discursitos gubernamentales que le hace candidato valiosísimo para sacarnos él solito de esta crisis de valores, y meternos en otra mucho más divertida y locuaz. Tiempo al tiempo.

Es secuaz, oportunista, manipulador, soberbio, fanfarrón, apasionado, contumaz y cabezón, como tiene que ser todo mal dirigente y peor cabeza de partido.

Hablar de libertad como lo hace “Personajillo”, con la “libertad” de sentirse oprimido por una parte de su pueblo, los otros andaluces, vascos, gallegos, catalanes, valencianos, asturianos, canarios, murcianos… y españoles que no quieren oír hablar ni de nacionalismos ni de chuflas revolucionarias, por muy pacíficas que sean,  o profetizar que una Europa libre de fronteras será la suma de los pueblos representados y no de los estados, sólo lo puede hacer un “iluminado”, ese personaje pintoresco e histriónico, escogido por la Providencia para asumir la guía de un destino incierto, pero glorioso, cueste lo que cueste.

En realidad yo no creo que este político tenga tanto poder como él mismo quiere hacernos creer. Yo sólo veo a un visionario de tercera, un nadie en Europa con aspiraciones de populismo. Unos más, otros menos, pero la inmensa mayoría de los que pululamos por aquí nos alimentamos de nuestro propio ego, y entiéndase ego como algo intrínseco en el ser humano y totalmente necesario. El problema viene cuando existe un exceso de autoestima. Y “Personajillo” va sobrado de eso. En el marco histórico actual, un exceso así, bien asesorado, nos puede catapultar a todos al ostracismo más exquisito, a nuestra propia huida hacia atrás, a una exclusión voluntaria en el transcurrir de la historia. No recuerdo quien dijo que el individuo, como unidad, era incapaz de formar por sí mismo y en exclusiva un “juicio” válido que sirviera para todos los individuos.

Un “presidente” de todo un retal de electores que es capaz de asegurar que de lo único que tiene ganas es de convivir con el resto de los pueblos de España, que no son sus enemigos esos pueblos, y de que el Estado (traduzco: España) es intolerante, irrespetuoso y miope, es un presidente imprudente y falto de inteligencia, pero con la imprudencia en mayúsculas, puesto que aparta de sí el camino de la cordura y el respeto a todos los que él llama “el resto de los pueblos de España”. Además de ser incapaz de aislar la estupidez de su boca es deficitario en argumentos creíbles.

No hay nada más absurdo que darse cuenta de lo absurdo, que decía mi padre. Cuando alguien se dedica al noble arte de la política basándose única y exclusivamente en sus propias convicciones, el pensamiento lógico que mueve ese conjunto de preceptos y normas para el buen gobierno de sus administrados deja de ser algo coherente, puesto que no hay razón más poderosa que la que no se tiene, o no se conoce, o la que, siendo revelada, ni se escucha ni se valora.

Mirada al frente, oteando con descarada comicidad el horizonte, barbilla alta, aires de apátrida burlesco, y sueños de jefe de Estado. “Personajillo”, lejos de representar a una nación, se representa a sí mismo.

José Antonio Castro Cebrián

Artículo publicado originariamente en  LaJUnglaDElasLETras el 6 de Noviembre de 2014
“Personajillo”, mirada al frente. (Y que cada cual le ponga el nombre y los apellidos que quiera.)