¡Parca miseria!

Tengo en la mesilla de noche una tableta de siete pulgadas que utilizo para velar las noches que no puedo trabajar ni dormir. Cuando no tengo ganas de darle a las teclas, ni fuerzas para contar ovejas, enciendo el aparato, me conecto al HBO y me pongo Los Soprano, la mítica serie protagonizada por el malogrado James Gandolfini. Debo reconocer que estoy enganchado a esa familia de mafiosos de Nueva Jersey. Qué trama, qué humor tan inteligente, qué gente tan cínica e interesante estos gánsteres, ¡qué guiones, producción y dirección se marcaron sus creadores!… una maravilla. Lo bueno que tiene la ficción es que, por mucho que se empeñen los protagonistas, ellos no son los que tienen la voz cantante, ellos sólo son un producto del azar. Sus creadores y en última instancia el público que los lee, los visiona o los escucha, tienen la potestad de quererlos, de odiarlos, de olvidarlos o de tenerlos presentes en sus oraciones.

Este martes pasado, escuchando al ex vicepresidente del Gobierno y ex ministro de Economía Rodrigo Rato, en su intervención en la comisión parlamentaria que investiga la gestión de la crisis financiera, me vino a la cabeza, de un latigazo, la serie de marras. Los guionistas de Los Soprano bien podrían haber mamado de nuestra historia más reciente. Me imaginé a don José María Aznar y a su capitán Rato, ambos bien acodados con un Gin-tonic en una discreta sala de fiestas de la Castellana, saboreando su buena estrella y pactando los bienes de realengo que les pertenecían por su alto copete. Los dos arrogantes, los dos endiosados…

La verdad es que escuchar a este hombre en la comparecencia me dio asco. Me dio vergüenza ajena. El señor Rato se evadía como lo hace uno de estos mafiosos de baja estofa, despreocupándose de decir algo que sonara a pedir perdón, como si eso importara algo. El ex banquero se limitaba a culpar a otros, compañeros de partido, o de profesión, de todos los delitos cometidos con impunidad por el clan mafioso al que pertenecía… ¡coño!, que él no hizo nada… que él solo era el matón del grupo… el que recibía las hostias como panes por el bien de la familia.

¡Parca miseria! Lo que más rabia me da es que algo de razón sí que tiene el pájaro. En fin… que no tengo nada más que decir.

¡Mira que me gusta a mí criticar por criticar!, ¡malmeter! que diría mi madre. ¿Los Soprano?, una de las mejores series que jamás se han hecho para televisión, como la vida misma.

José Antonio Castro Cebrián

Anuncios
¡Parca miseria!

Un político muy de derechas

4. 2. Forges. 2

De nuevo me encuentro deseoso de buscar sueños que conviertan los ratos de asueto, aquellos que no dedico al noble arte de perder la cordura, en santiamenes de reconfortante esperanza. Decía mi padre que el hombre, si quiere ser feliz, debe consagrarse al trabajo con la misma dedicación que le pone a respirar. «Trabajo es salud» era la arenga, breve pero contundente, que solía pronunciar a cada uno de sus hijos antes del sopapo mañanero.

Pero claro, de aquellas sucintas máximas de mi padre hace ya mucho tiempo. El mundo entonces era otro mundo. Quizá un mundo más pequeño, menos globalizado, bastante más honesto. A poco espabilado que fueras, veías venir las hostias que te daba la vida, así vivieras, como a mí me pasaba, instalado en una perenne caraja; si es verdad que aquellos que tenían buenas despabiladeras eran capaces de sacar conclusiones y enseñanzas de esas mismas hostias que a uno descolocaba, aunque ello de poco les servía en primera instancia, ¡de las hostias no te libraba ni Dios! Hoy eso no pasa, hoy todos somos reyes y reinas del esperpento. ¡Reina el esperpento en el Reino de los Tontos! Somos tan sumamente arrogantes que nunca nos equivocamos, tan sumamente estúpidos que siempre cargamos con la razón.

Verán…

Un político muy de derechas, por ejemplo, pero tan de derechas como lo pueda ser un señor que vive y convive de la renta que le proporcionan los votos de una gran minoría, hoy en día, después de años arañando consignas ridículas y después de bosarse en lo grotesco por su dudoso “arraigo”, aún puede permitirse la arrogancia de asegurarse para él y para sus acólitos la verdad absoluta o la razón primera, le pese a quien le pese, le joda a quien le joda. Si alguien, cualquiera, viniera a tocarle los pretextos con realidades tangibles, o miren ustedes… ¡con sueños intangibles!, ya se encargaría el buen político muy de derechas de aferrarse a la negación sistemática y cansina para que el susodicho tocapelotas termine cayéndose del burro y acepte, de una vez por todas, que soñar para los cuerdos, los locos cuerdos, es toda una quimera.

José Antonio Castro Cebrián

Un político muy de derechas

Cariños, ya no

demagogia

A la tortura mediática, a la política, a la reflexión, a los discursitos de última hora, a los apretadores de mano, al irresponsableresponsable del buzoneo electoral: Cariños, ya no. Se terminó. Estoy hasta los mismísimos cojones de ser más tonto que un Tonto. Un día te comportas como el más apasionado de los amantes, y otro ni me miras, ni siquiera existo en dos minutos de tu tiempo. Ni un hola. Ni un adiós. Ni un nada de nada. ¿Sabes qué, Cariños?, se acabó…

Han sido unos años maravillosos, llenos de negaciones, peleas, de argumentos absurdos, reproches, de entrar y salir delfango. Y no, no me da la gana reconocer ni recordar los buenos momentos; esos, si no perduran ¿para qué los quiero?

Un día llamé a tu puerta para pedir ayuda, y ese día, en vez de tenderme tu mano o por lo menos escucharme, me hablaste de necios imposibles y de sueños premonitorios. Me aseguraste, por ejemplo, que si el Consistorio cedía ese salón pequeñito pequeñito pequeñito una hora por la noche todos los miércoles y viernes del verano, para mis chicos del teatro, la cultura en el pueblo se convertiría en una “verbena imposible”… Sí, aún hoy me pregunto qué quisiste decir con eso. La demagogia Cariños la inventó un hijo de puta para que otros hijos de puta la pudieran utilizar para engañar a un Tonto… pero, ¿no te dije antes que se terminó, qué estoy hasta los mismísimos cojones de ser más tonto que un Tonto?… pues eso.

Ayer apareciste por mi casa, con papeleta en mano, resplandeciente. Te dije que no dejaras ningún voto, que no hacía falta. Me preguntaste por mi salud. Pachín pachán. Te sonreíste y yo no te deseé suerte para las elecciones, no merecemos que la tengas. Me lanzaste tu mano, para estrecharla con la mía. Te mostré mis palmas, estaban manchadas de aceite… no hayapretón. Cagoen… Me sonreíste. Ya no te sonríes. Me aseguraste que lees asiduamente mis artículos, allá donde se publican. Ahora te sonreí yo. Mañana, mañana no dejes de leerme.

Me repito, me repito, me repito: estoy hasta los mismísimos cojones de ser más tonto que un Tonto.

José Antonio Castro Cebrián

Artículo publicado originariamente en  LaJUnglaDElasLETras el 21 de Mayo de 2015
Cariños, ya no

La última moza de la vieja Europa

guernica

La Constitución Española nació siendo una señorita remilgada y de punto fino, muy recatada ella, ¡nació la última moza de la vieja Europa! Entiendo que en aquellos futuros tiempos de entonces a la señorita no le gustara que le plegaran como remate ningún dobladillo en sus adentros, por el qué dirán y sobre todo por el qué pasará. Pero hoy, a día treinta de abril de dos mil quince, la Constitución Española ya no es ni solterona ni señorita, ni virgen por narices, ni recatada ni remilgada. La vida pasa, la historia también, de la noche a la mañana todo lo que parece ser inexpugnable o inamovible, resulta ser de lo más putón y falso y no necesariamente malo. Este fin de semana escuché en boca de un político de izquierdas algo muy de derechas, dijo que para reformar ¡de verdad! la Constitución, debía desaparecer del gobierno todo rastro de la oligarquía política y cacique que impera en este país trasnochado. Cuando le preguntaron cómo haría él eso, el contestó que a golpe de decreto. Me resultó muy curioso la manera con la que el susodicho político escapó de enfrentarse con honestidad a la honestidad, es decir, de decir algo que pensara de verdad… Políticos y política, ya saben…

Para mí que reformar la Constitución no puede ser tan complicado. ¿O sí? Señores, señoras, el pueblo la votó en mil novecientos setenta y ocho, la refrendó, se convirtió en el proxeneta sui generis de una razón histórica. Hoy puede, debe ocurrir lo mismo. En dos mil once, por ejemplo, se engordó la constitución en unas trescientas cincuenta palabras, creo recordar, (fueron buenas noticias para los juristas y profesionales de las leyes… poco material para memorizar… más o menos un folio del borrador de mi nuevo libro). Era, según los que promovieron e hicieron la ampliación, una reforma muy importante y necesaria en España para asegurar la estabilidad presupuestaria del país y ajustar los gastos e ingresos del Estado, amén de hacer de la responsabilidad de los futuros gobernantes una realidad solidaria y comprometida con sus gobernados, con la credibilidad presupuestaria que esto nos daría en Europa, y en el mundo (ahórrense los chistes facilones…) . Todo esto, imagino, estuvo y está muy bien, sin duda (mucha duda mucha duda), pero ¿qué hay de los ciudadanos? Hay mucho que reformar en la Constitución, cosas mucho más importantes que esa, a mi entender… hay que hacer una constitución, por ejemplo, para que de verdad gobierne el pueblo.

Ahora que ya no hay miedo ni puñetas, queridos alcahuetes, y ahora que ya no es virgen ni inmaculada nuestra querida Carta Magna, los políticos y los demagogos de la política deberían de dejar de tratarnos como estúpidos, a la Constitución ya le han salido varices, sufre de colesterol y tiene la tensión por las nubes: necesita que la traten con cariño y le operen con eficiencia y al estilo del INSS, con cita previa y con todos de la mano, sin nadie que nos azuce por cojones…

José Antonio Castro Cebrián 

Artículo publicado originariamente en  LaJUnglaDElasLETras el 30 de Abril de 2015
La última moza de la vieja Europa

Un “escuchante” hablando sobre Suárez

o-adolfo-surez-facebook

Soy un españolito del montón al que, por regla general, no le gustan los hipócritas, y ¡ojo!, comprendo que en nuestra sangre española circula el oportunismo y la desfachatez propia del hipócrita (a ese que le gusta subirse al carro de los reconocimientos y medallitas post mortem, y regalar sonrisas, las que hagan falta, al que ya no está para recibirlas, por aquello del que dirán), pero no aguanto al oportunista avieso, ni al infame de excremento (por no decir de mierda) que defiende, como gato panza arriba, que la memoria histórica es de todos, y para todos, y que entre todos se preserva.

Una cosa es hablar de cuando en España los romanos iban con sandalias y otra muy distinta hablar de acontecimientos que han sucedido hace menos de cuarenta años. Si de lo que pasó con las legiones de Escipión en Chipiona tenemos que creer lo que nos cuentan los historiadores, arqueólogos, etc., hasta que no se demuestre otra, ¿por qué de lo que ocurrió en  la transición, durante la transición, los tejemanejes que llevó a ella, tenemos que fiarnos de lo que nos cuenta la clase política, como fuente principal, ¡teniendo en cuenta cómo de descreída es nuestra clase política! (sic)?  Algunos dirán que porque fueron los protagonistas de aquella transformación. A esos algunos yo les contesto que puede, pero también les contesto que aquellos “protagonistas” no fueron los únicos, y que ni en una ni en dos, se ha demostrado que muchos de ellos manipularon hechos que la mayoría de los españoles vivieron y recuerdan perfectamente. Lo insultante es que, cuando pasen unos años, pongamos treinta, todo el movimiento ciudadano que se está viviendo ahora, de dejar que sea así, los políticos de entonces harán suyo el mérito de las transformaciones beneficiosas que, ojalá, se materialicen en nuestro presente.

De tantos artículos que hablan sobre Adolfo Suárez, de tantos documentales en la tele sobre su trascendental papel en la transición, de tantos libros sobre su personalidad política, de tanta loa, y de tanto encomio de algunos en realzar su imagen de héroe pre y pos democrático; de tantos tanto, los que más boquiabierto me ha dejado (por acertado, concreto y decente) han sido unas declaraciones anónimas de un ciudadano cualquiera en una radio nacional. El susodicho dijo, más o menos, lo siguiente: “Adolfo Suárez no fue en su origen un demócrata, como algunos sostienen, en tanto no existía la democracia cuando llegó al poder. El mayor mérito de Adolfo Suárez fue el de alentar a los procuradores (los diputados de ahora) a votar una Ley de Reforma Política, en las últimas Cortes del Régimen de Franco, cosa que hizo que muchos de ellos tuvieran que dejar la política irremediablemente. Si hoy en día se aprobara una ley electoral donde existieran las listas abiertas, donde los diputados electos respondieran directamente ante sus electores, donde se terminara de una vez por todas con el bipartidismo y la “política” de cúpula; entonces los políticos de este país se pensarían, más de una vez, el tomar el pelo a sus representados  y, sobre todo, los inútiles, chupópteros, sinvergüenzas, enchufados, e ignorantes, irían al paro de cabeza, y no volverían a ser elegidos nunca más por unos ciudadanos que no los quieren.”

Yo suscribo cada una de las palabras del “escuchante” y añado, como epílogo y para terminar, que quizá si se diese esa nueva ley, entonces, y sólo entonces, el corazón de España volvería a sentirse democrático.

José Antonio Castro Cebrián

Artículo publicado originariamente en  LaJUnglaDElasLETras el 27 de Noviembre de 2014
Un “escuchante” hablando sobre Suárez